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martes, 13 de septiembre de 2016

Oriente versus Occidente






Los músculos aceitados de los hombres bigotudos en los gimnasios tradicionales, los cuerpos velados de gasas de las bailarinas, el muecín llamando a la oración, las escenas de los serrallos, hamanes y harenes de Ingres o Delacroix... Cuando el ensayista y musicólogo palestino Edward Said publicó su famoso libro Orientalismo denunciaba la visión tópica y pintoresca, exotista, con la que los ojos de los occidentales contemplaban el Oriente. De alguna forma, señalaba Said, ese Oriente era un invento de esos occidentales. España de hecho, se convirtió en una suerte de ‘Oriente asequible’ para los viajeros románticos del XVIII en adelante, con nuestros bandoleros y gitanos. Sin embargo, contemplando apenado ese Cercano, tan cercano y tan lejano, Oriente sumido en guerras interminables y presa de un fanatismo islamista que poco tiene que ver con sus verdaderas tradiciones, hoy, repito, disiento en parte de Said. Creo que el error consiste en contemplar la historia de Oriente y Occidente como compartimentos estancos, cuando desde la España de los omeyas y la traducción al árabe de las principales aportaciones grecolatinas que junto con los monasterios irlandeses las hicieron pervivir en el Renacimiento, ambas tradiciones se han visto inextricablemente interrelacionadas y mutuamente influidas. Es mucho lo que en Occidente debemos a la cultura oriental y mucho lo que está debe esperar de los valores vigentes, aunque amortiguados de Occidente, empezando por el principal, los Derechos Humanos.


La primera gran obra moderna de ese género que conocemos como ‘literatura de viajes’ es el maravilloso De Paris a Jerusalén del gran Chateaubriand. Desde entonces, plagado de buenas intenciones, el camino entre ambos mundos se ha ido separando. No sólo el colonialismo, sino la incomprensión mutua y los tópicos han abierto esa brecha sin darnos cuenta que cuando los islamistas degüellan a un prisionero esa imagen ‘oriental’ horrible es igual de horrible y hasta oriental para un iraní o un egipcio modernos.


¿Cuántos de los que me leéis habéis hecho lo propio con esa maravillosa novela de Hedayat que se llama La lechuza ciega? El último premio Goncourt de novela —un premio, por cierto, que casi nunca defrauda—, la maravillosa Brújula de un jovencísimo Mathias Enard, repasa en una sola noche de insomnio en su apartamento de Viena (esa Vena que se marca como puerta de Oriente por el mero hecho de haber tenido a  sus puertas en dos ocasiones a los turcos) la vida del musicólogo Ritter, evocando todo lo aprendido y vivido en Estambul, Teheran, Alepo o Damasco que han marcado su biografía intelectual y sentimental, desfilando por su mente amigos y amores, literatos malditos, poetas persas modernos, orientalismos musicales como los de Listz y demás hechizos de Oriente. Viejo y cansado, el protagonista descubre tarde como siempre, que la vida es una sinfonía de Mahler que nunca da un paso atrás, nunca vuelve sobre sus pasos.


Desde el libro que adoraban y malinterpretaban los nazis del Conde de Gobineau, Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (Gobineau no era antisemita, de hecho, considera la “raza judía” como una de las más nobles, sabias e industriosas y de las menos decadentes). Al final, tanto en Oriente como en Occidente, lo que se evidencia es la violencia de las identidades impuestas, el que llamemos ‘musulmán, a cualquiera que lleve el patronímico árabe o turco en su pasaporte. Una incomprensión mutua que produce ignorancia y muerte.